Amaya y José

Jueves 9 de febrero de 2017
por  Lucia
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Erase una vez, en 1995, una niña hermosa, rubia, llamada Amaya que tenía 10 años y vivía en un pueblo cerca del campo. Ese pueblo era muy pequeño, tan pequeño, que muy tarde, los niños del pueblo se reunían y jugaban a la Lievre, un juego parecido al escondite.

Temprano, por la mañana, su madre venia a despertarla para ir al colegio. Por el camino, siempre se encontraba con un grupo de niños de su edad que se metía con ella, se reían y le tiraban piedras piedras. Como de costumbre, volvía a su casa con unos negrales por todas partes. Sus padres le preguntaban qué le había pasado y Amaya respondía que se había tropezado con una piedra. Un día, cuando iba al colegio sin ganas, sabiendo lo que le iba a pasar, se encontró con un niño; parecía muy contento, iba dando saltos. El niño se paro delante de la niña y le preguntó:

- Hola, ¿cómo te llamas?
- Me llamo Amaya… ¿y tu? Dijo tímidamente Amaya.
- José, me llamo José. Pareces muy triste, ¿qué te pasa?
- Todos los demás niños y niñas se meten conmigo, así que me siento sola, triste.
- ¿Ah sí? Pues yo tampoco tengo amigos pero a mi no me importa… ¿Quieres que vayamos juntos al cole?
- De acuerdo, pero… unos niños de nuestra edad aparecerán y nos tirarán piedras
- ¡No te preocupes, ya sé lo que es!!

Entonces, José y Amaya prosiguieron el camino juntos. De repente, aparecieron los niños y empezaron a tirarles piedras. José se puso delante de Amaya para protegerla, y recibió una en toda la cabeza. Se desmayó pero aún así, los niños continuaban tirándoles piedras. Amaya lo cogió en brazos y lo llevó al cole. En el cole lo llevaron al hospital.

Desde ese día, Amaya iba todos los días a verle, preguntaba por José.

Los dos niños seguían creciendo, y José todavía no salía del hospital. Un día , como siempre, Amaya fue al hospital. Cuando llegó vio una camilla con un hombre encima, y los enfermeros le llevaban lo más rápido que podían. Amaya miró por encima de la camilla, ¡y vio a José! Así que preguntó a los encargados que le pasaba en pocas palabras, por la prisa, dijeron:
- ¡Tiene un problema cardíaco, tenemos que llevarle para que le reanimen! Otro dijo:
- ¡Seguramente vaya a tener un problema, como por ejemplo que sea discapacitado! ¡Tenemos que darnos prisa porque sino, podría morir!

Amaya se paró de correr, mirando la camilla alejándose hasta una sala oscura. Cuando ya no había ni rastro de la camilla se dejó caer y se hechó las manos a la cara llorando. Pasó mucho tiempo ahí, tirada, echándose la culpa de todo lo que pasó a José. Pasaron una hora, dos horas, cuando por fin salió un encargado y se acercó a Amaya y le dijo:
- Hola, supongo que tu eres Amaya, ¿Verdad?
- Sí, soy yo… ¿Le ha pasado algo a José? ¿Le han reanimado? ¿Y… Preguntaba muchas cosas, pero el encargado le interrumpió y dijo :
- Si, no te preocupes, le hemos reanimado… Pero por poco… Ahora está paralizado, pero no tiene problema mental.
- ¡Todo esto es por mi culpa! ¡No tengo que existir! ¡La única cosa que hago en este mundo es crear problemas a la gente! Cuando salió José en una silla de ruedas se acercó a Amaya y le susurro en la oreja:
- No es por tu culpa, yo he querido protegerte Amaya se dio la vuelta y vio a José, entonces le saltó al cuello del alegría.

Amaya se fue corriendo a su casa. Cuando pensaba en lo que le había pasado a José se sentía tan triste, que sufría mucho y quería acabar con su existencia, aunque gracias a José, los niños ya no le atacaban, ni le molestaban.

Un día llegó, hermoso y luminoso, pero Amaya no podía más. Entonces, se acercó a la ventana, se puso encima, tragó saliva y dijo: “Adiós, lo siento”. Cuando antes de caer, oyó una voz que dijo:
- ¡Amaya, noooooo! Amaya cerró los ojos y pensó una última vez: “Lo siento, José”, y se tiró. José rodó con todas sus fuerzas y antes de que Amaya se caiga al suelo, José hizo un última esfuerzo y ¡la cogió! Dijo:
- No me hagas nunca más esto, por favor. Amaya lo miró y dijo “no te preocupes, nunca más lo haré”.

Treinta años después, vivían en un pueblo cerca del campo, Amaya y José. Se casaron y tuvieron unos niños muy bonitos: David, Inés y Carlos. Ahora son una familia unida y feliz.

☻FIN☺